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Restauración de la Iglesia de San Ignacio
Debido a los trabajos de restauración en la Iglesia de San Ignacio, las visitas guiadas a la misma se encuentran restringidas. Agradecemos su comprensión.
 
Nueva publicación
Nos enorgullece anunciar la aparición de un nuevo ejemplar de la "Colección Manzana de las Luces - Crónicas de su historia". La misma se titula "De la Biblioteca Pública a la Biblioteca Nacional, 1810-1884-1901" y fue escrita por el Prof. Néstor E. Poitevin.
 
Su arquitectura

Introducción


En la época colonial hubo necesidad de construir espacios para el desarrollo de la vida de las familias, de las comunidades religiosas y de tipo social para el uso común de los vecinos de Buenos Aires. Su precaria materialización tuvo relación directa con las pocas posibilidades económicas y tecnológicas de la época.

Los métodos constructivos fueron el resultado de una mezcla de culturas diversas, de acuerdo al origen de los arquitectos y artesanos actuantes: jesuitas provenientes de Europa y portugueses asentados en Brasil. Todos ellos trajeron nuevas propuestas constructivas de avanzada. Las actividades para evangelizar y educar a la población requerían una arquitectura que abarcara distintas dimensiones, desde la iglesia y los colegios, hasta los depósitos de la procuraduría y la ranchería para los obreros guaraníes.

Los espacios arquitectónicos, una vez superado el desafío tecnológico de su carcaza, requerían ser terminados en sus superficies, pisos, paramentos, cielorrasos, revestimientos y pinturas, para ornamentar sus ambientes. Estas terminaciones serían los primeros componentes que se desgastarían con el uso o el cambio de las modas. Los simples pisos de arenisca traídos con enorme esfuerzo desde las misiones, hoy sólo constituyen un testimonio arqueológico que cada tanto aparece en las excavaciones.

Para una historia de la tecnología de la construcción en Buenos Aires, que ha crecido y se ha reconstruido muchas veces sobre los mismos lugares, quedan hoy pocos testimonios que permitan comprender más de tres siglos de nuestra memoria.

La Manzana de las Luces es hoy un referente de la memoria ríoplatense por excelencia, dada la calidad y la dimensión de sus construcciones. Otros lugares que han conservado su memoria como la del Fuerte, actual Casa de Gobierno, o la misma Plaza Mayo, han sido tan modificadas por las posteriores intervenciones, que aquella memoria se reduce a veces a su implantación. El interior de sus solares, conserva aún testigos que esperan el trabajo de los especialistas para confirmar con testimonios materiales, la historia de estos lugares protagónicos de la antigua ciudad.

Como en la región pampeana no se disponía ni de piedra ni de leña para cocer ladrillos, las construcciones eran realizadas con tierra -el material que más abundaba- a la que se le agregaba elementos vegetales para reforzar los muros, como caña y paja, que fueron los productos más utilizados hasta la aparición del ladrillo.

Con la consolidación económica regional fue posible, en una economía de mercado, el intercambio con otras zonas. Se trajeron piedras y maderas de la Banda Oriental, cales de Córdoba y maderas y artesanías de las misiones. La Compañía se vió beneficiada con su sistema de producción integrado, al poder trasladar desde las distintas regiones en que misionaba, elementos para atender sus necesidades locales. La sede de Buenos Aires no producía los recursos necesarios, para la envergadura de sus necesidades, y por lo tanto los mismos se procuraban con ese esquema económico cerrado.

En las estancias se originaba una producción basada en la mano de obra esclava que generaba excedentes con los cuales se mantenían los colegios y las otras actividades misionales. Los mismos, junto con las abundantes donaciones obtenidas por el prestigio de los jesuitas, les permitían concentrar recursos para la edificación de iglesias, colegios, estancias, y otras construcciones.

Con el incremento de las poblaciones se consolidaron las comunidades religiosas, las que adoptaron como solución arquitectónica para su actividad, los claustros con galerías perimetrales, rodeando los patios y vinculando los diferentes ambientes circundantes.

La ciudad y los recursos fueron creciendo, y en las primeras décadas del siglo XVIII, las antiguas iglesias y conventos, fueron siendo reemplazadas por construcciones de mayor envergadura posibilitadas, fundamentalmente, por la tecnología introducida por los jesuitas, especialmente por el hermano italiano Andrés Blanqui (1677-1740), quien había llegado a Buenos Aires junto con otros miembros de la orden en 1717. Su labor fue muy oportuna para satisfacer las necesidades del momento, convirtiéndose en uno de los arquitectos jesuitas más requerido y destacado.

La Compañía de Jesús con el enorme volumen de sus obras, aportó un importante sistema de dimensión universal que ayudó al avance tecnológico de muchas regiones atrasadas en las cuales desarrollaba su misión. Fueron ellos quienes difundieron muchos de los modelos de arquitectura europea de la época. En varios aspectos resultaban ser como depositarios de los adelantos técnicos que ya se utilizaban en el Imperio Romano. Las obras hidraúlicas y de nivelación en las estancias en Córdoba y en las reducciones, donde aún encontramos sistemas de canales con sus compuertas, inmersas en la selva, son un paradigma de la ingeniería de su época. En la Manzana de las Luces había un sistema de evacuación de aguas, algunos de cuyos caños cerámicos hechos con la técnica del torno, se encontraron en las excavaciones del sector de la Procuraduría de Misiones.

Perspectiva hipotética de la Manzana de las Luces hacia 1767. Dibujo de Alberto de Paula y Carlos Rando Ferrer, 1997.


Tapias


Durante los primeros años de la ciudad, cuando contaba con poco más de 250 vecinos no había especialistas en construcciones, y las obras eran llevadas a cabo por algunos religiosos y vecinos que empleaban sus rudimentarios conocimientos para tratar de construir los templos y conventos, y así satisfacer las necesidades de la población.

En regiones como la del Río de la Plata, que no disponían de piedra ni de abundantes maderas o simplemente leña para la cocción de ladrillos, la pared de tapia fue empleada desde la primera fundación en 1536, cuando se levantó un muro para el cerramiento del Recinto Real. El historiador Ulrich Schmidl comenta:

“… una altura que puede alcanzar un hombre con una espada en la mano. Ese muro era de tres pies de ancho y lo que hoy se levanta mañana se venía de nuevo al suelo”.

En las construcciones de la segunda fundación se utilizó esta misma técnica. En un documento de 1607 estudiado por R.P.Guillermo Furlong S. J. se especificaba la construcción de una casa:

“... que debía tener dos tapias y media [la altura se medía en tapias] bien construídas, pisadas y derechas (...) debía labrar dos aposentos con sus mojinetes enteros hasta arriba”.



El método utilizado en las primeras construcciones de la ciudad, para elevar los muros fue la tapia de tierra apisonada, técnica conocida desde la Antigüedad.

Este sistema se hacía con tierras que habían sido previamente secadas. El encofrado de madera cepillada o tapial de unas cinco o seis varas de largo, se colocaba entre unos puntales de palma clavados en el suelo que actuaban de guías. El interior del encofrado se mantenía con unos separadores de madera. La tierra era pasada por una zaranda y luego se la vaciaba dentro del encofrado, donde primero se la apisonaba con los pies y después con un pisón de madera hasta que adquiría una consistencia tal, que la uña solo entraba con dificultad. Esta operación se iba repitiendo sin dejar ningún hueco ya que solo se colocaban en la tierra apisonada los maderos que luego servían como dinteles.

Una vez terminada la pared, se marcaban los huecos, para las aberturas que posteriormente serían abiertos a golpes con una barra de hierro para finalmente colocar las puertas o ventanas. La pared resultante reunía tres carácteristicas relevantes: a) estar formada por secciones de igual tamaño al obtenerse con el mismo molde, b) los huecos quedaban bien visibles en cada una de esas secciones y c) las secciones o adobones se armaban para evitar que sus uniones verticales se correspondiesen en la superposición.


Otro empleo muy difundido que se le dió a la tapia fue la construcción de cercos, formando tapiales.

Mientras que los adobes se hacían uno por uno demorándose para secarse necesitaban un tendal requiriendo ser alineados y nivelados con un mortero de barro fresco preparado en el momento. La tapia se colocaba directamente en la cajonería sobre la cimentación y su ventaja sobre el muro de adobe radicaba en la economía de tiempo y labor que éste método significaba.

Iglesia y Colegio de la Compañía de Jesús


Las primeras edificaciones jesuíticas, construídas en la actual Plaza de Mayo fueron una pequeña capilla y la residencia en tapia de tierra apisonada con una galería que se apoyaba en postes de madera. Años después construyeron un templo nuevo y arreglaron la residencia. Con el tiempo se ampliaron las construcciones.

Los recursos materiales que eran producidos por sus estancias y reducciones se trasladaban por medio de embarcaciones y jangadas a través de los ríos Paraná y Uruguay. La mano de obra estaba a cargo de los indígenas culturalizados de las reducciones que bajaban a Buenos Aires para realizar diferentes tareas y con personal esclavo menos calificado; además se empleaban artesanos criollos.

Los jesuitas tenían un sistema de trabajo y misión de control férreo y centralizado, integrando las actividades en las distintas regiones del mundo. Actuaban como un vaso comunicante de los diferentes recursos de lugares muy alejados entre sí y de ese modo pudieron sostener un alto nivel arquitectónico y tecnológico que se adecuaba a las posibilidades de cada lugar. Según Dalmacio H. M. Sobrón:

“Existía una costumbre establecida de que los proyectos de construcción fueran enviados a Roma, examinados allí por personal competente y restituidos con eventuales modificaciones de orden práctico”.

El clima húmedo de Buenos Aires conspiraba contra la duración de los edificios de barro, siendo la solución más apropiada, el uso de ladrillos cocidos. En el huerto del colegio de la Manzana de las Luces, a fines del siglo XVII, se cocían los ladrillos y tejas. En 1691 el padre Sepp, describe la situación de las construcciones existentes en la ciudad de la siguiente manera:

“Todas las casas tienen planta baja, no están hechas de madera o de piedra sino de tierra o adobe. Por ello se mantienen siete años y luego se desmoronan y caen fácilmente. Los techos son de juncos. Hace cinco años nuestros padres encontraron cal y el modo de hacer ladrillos, por ello, el techo del colegio no es de paja, sino de tejas como en Alemania. Del mismo ladrillo, construímos ahora un campanario que sea el comienzo de una iglesia de éste material. Finalmente se echará mano al colegio.”


Construcción de la iglesia de San Ignacio. Dibujo de Carlos Moreno


Fachada de la Iglesia de San Ignacio


Las iglesias en todos los establecimientos de la Compañía de Jesús eran el elemento arquitectónico más importante y sus fachadas, reflejaban su calidad.

La de la iglesia de San Ignacio fue construída en la última década del siglo XVII y junto con un bastión del Fuerte son posiblemente las dos únicos testimonios de la arquitectura de ese siglo que se conservan en la ciudad. Esta fachada está diseñada con fuertes influencias del estilo barroco alemán, expresión de la contrarreforma que había tenido a los jesuitas como sus mayores representantes.

De acuerdo con las investigaciones del arquitecto Mario Buschiazzo, el hermano Juan Kraus, diseñó los planos del templo. En 1712 cuando se decide continuar las obras inconclusas de la iglesia, el padre provincial, ordena que se continúen a partir de la fachada y la torre ya existentes. Las obras jesuíticas fueron proyectadas y construídas en diferentes etapas por distintos arquitectos de la orden; todas ellas poseen un carácter que les da unidad. San Ignacio tiene similitudes que también se encuentran en Santa Catalina, en Alta Gracia, Córdoba.

En todas etapas de la construcción se pueden reconocer en las formas de las bóvedas. Las tres primeras son de arista y el resto de casquetes esféricos. A mediados del siglo XIX, el ingeniero español Felipe Senillosa, construyó la torre norte, donde hoy se encuentra el primitivo reloj que perteneció al Cabildo de Buenos Aires.


Albañilería y herramientas


En el Río de la Plata los sistemas constructivos, tenían directa relación con los condicionamientos de esta pobre región y, de modo fundamental, con la carencia de conocimientos técnicos, de mano de obra y de materiales para la construcción de los espacios arquitectónicos.

El ladrillo de tierra amasada y cocida es conocido desde épocas muy remotas, y su empleo se extendió fundamentalmente en aquellas regiones que carecían de piedra apta para la construcción, circunstancia que indujo a la búsqueda de una alternativa.

Con el mejoramiento de la situación económica se difundió el uso de mampostería de ladrillos que, aunque resultaba más cara, tenía la ventaja de ofrecer una mayor resistencia y duración a las obras.

Al finalizar el siglo XVII comenzaron a surgir los hornos de ladrillos. Hacia 1725 en Buenos Aires y sus alrededores ya funcionaban veintiuno para ladrillos y tejas y cuatro años más tarde había setenta.

En las paredes de tapia los vanos se resolvían con dinteles de madera solamente rectos colocados durante el llenado de los muros; luego se trazaba el perfil de las aberturas y entonces se las vaciaba.

En las paredes de adobe se iba dejando la abertura a medida que se levantaba el muro. Aunque no existe documentación parece razonable que el marco ya sirviera para soportar la abertura.

En las paredes de ladrillo se utilizaban distintos tipos de dinteles: rectos de (madera) y los que surgieron con la técnica del ladrillo que permitía construir arcos: escarzanos, de medio punto y ojivales.

La resistencia de los muros, con baja proporción entre vacíos y llenos, quedaba asegurada por las sólidas masas murarias. Al ampliarse las aberturas esta resistencia se compensaba con el aumento de los espesores de las paredes, especialmente en el apoyo de los arcos. Un caso común se encuentra en los portales, donde el engrose del muro en los bordes de la abertura sirve también para la expresión del ornato.

Para armar un andamio desde el cual se levantaba la “fábrica” de la obra, se usaba la misma pared como uno de los apoyos. En ella se iban dejando agujeros llamados mechinales en los cuales se introducían una de las puntas de los travesaños mientras que las otras se sustentaban con puntales. Los vínculos se hacían con soguillas de cuero o cuerdas. Recién en el siglo XIX con el surgimiento de la madera aserrada, se reemplazaron los elementos naturales utilizados hasta entonces para construir los andamios: cañas, troncos delgados y ramas.

Una herramienta usada para nivelar y escuadrar las obras fue el nivel de plomada, cuyo origen se encontraba en la antigüedad, y se utilizaban en múltiples tareas de trazado y nivelación. Según el arquitecto español Juan de Villanueva, su forma de escuadra servía:

“....para dirigir las paredes con direcciones de ángulos rectos, segundo para cortar, tomar y elegir los gruesos de puertas y ventanas y tercero para levantar las perpendiculares donde se necesitaban y servir asimismo de nivel para correr las líneas horizontales, enrases, verdugos, pisos y todos los planos, perfectamente a nivel...”

El arquitecto español Juan de Villanueva recomendaba a fines del siglo XVIII:

“... un albañil además de los instrumentos generales y bien conocidos, de piquetas, pala y asadón que son comunes a muchos oficios debe tener siempre pronta y a su lado las siguientes: paleta (cuchara) , lana, piquetilla, cuerda, clavos, plomada, regla ó vara, nivel y escuadra.....”

Las herramientas eran de formas y materiales similares entre las distintas regiones, lo que demuestra la universalidad de las técnicas.

Con las innovaciones tecnológicas iban surgiendo nuevas herramientas, las palas de madera y las de hierro con mango de madera, esta simultaneidad de materiales fue propia de una etapa de transición como la Revolución Industrial. Los baldes se fabricaban con duelas de madera y zunchos de hierro lo mismo que las barricas. Para el transporte de materiales secos: ladrillos, arena, tierra, se usaron las espuertas de cáñamo. En el Río de la Plata con ese mismo fin se usaban unos baldes de cuero llamados capachos. Las herramientas utilizadas en las excavaciones eran: plomadas, picos, palas de hierro y de madera, entre otras.


Estructuras de madera


Las cubiertas de maderas empleadas en el siglo XVII se basaban en las posibilidades tecnológicas, conformadas por elementos lineales: vigas y puntales. El sistema copia los que usa la naturaleza. La viga como si fuese una rama principal que a su vez recibiera las cargas de una mayor cantidad de ramas más pequeñas que soportan representados por las hojas.

Las cerchas de par y nudillo se usaron ampliamente para resolver desde estructuras con luces de poca envergadura hasta ejemplos de gran nivel técnico. La estructura de la Catedral de Córdoba está basada en una técnica difundida a partir del tratado de Philibert de L’Orme de 1561.

En las estructuras que exigían mayores conocimientos técnicos, se encuentran ejemplos de la influencia de los tratadistas. En 1667 se construyeron cubiertas a dos aguas para una sala en la Fortaleza, como lo indica un documento:

“....cinco tirantes con sus canes, treinta y ocho tigeras (...) diez y nueve nudillos, tres cumbreras (...) seis soleras. O portantes como en las galerías apoyadas en quatro pilares de tagiba, cuatro canes, diez soleras o un pilar de cal y ladrillo”.

Las estructuras fueron evolucionando en sus modos constructivos, como ocurrió con el uso de maderas con escuadrías rectangulares lo que significó un aprovechamiento más eficaz del material, facilitado por las maderas importadas aserradas por medios mecánicos.

Además el mejor conocimiento de los sistemas estructurales, condujo al empleo más racional de las formas constructivas de las cerchas. También se produjo un avance con la fabricación de los vínculos tales como los herrajes de hierro forjado, y más tarde con la introducción del uso de pernos.

Luego de muchos años de emplear estructuras simplemente apoyadas aparecieron otras más complejas que podían cubrir mayores luces, conformadas por sistemas articulados, utilizando vínculos que se hacían con ataduras de tiento soguillas, como todavía podemos encontrar en el noroeste argentino, u otras más elaboradas de caja y espiga o con herrajes forjados y clavados.

Aportes de los jesuitas a la arquitectura rioplatense


Las primeras referencias al uso de bóvedas de ladrillo en la región bonaerense aparecen en un documento de 1667 referido a la tasación de las obras de la Fortaleza:

“un silo debajo de tierra dentro del castillo para encerrar grano que tiene doce pies de ancho y veinte de alto con su bóveda y escotillón en que entraron trece mil ladrillos (...) un arco grande de cal y ladrillo en que está la puerta de la media luna que hace bóveda a todo el terraplen en ella que hay quince mil ladrillos”.

A fines del siglo XVIII se rebustece a la necesidad de reconstruir las modestas iglesias bonaerenses adecúandolas al tamaño y calidad que requería la creciente ciudad.

Las nuevas construcciones de mayores dimensiones que las existentes fueron cubiertas con bóvedas y cúpulas. Este antiguo sistema de tradición romana no había sido utilizado aún en la región. El estilo renacimiento revaloriza y reinterpreta formas y técnicas utilizadas en la antigua Roma.

Los jesuitas aportaron conocimientos técnicos que enriquecieron la arquitectura del período colonial, en el cual se gestaron sólidas raíces de nuestra memoria.

La arquitectura cosmopolita de la hispana Buenos Aires constituye una parte esencial de nuestro carácter y cultura.

Los hermanos de la Compañía de Jesús fueron quienes introdujeron los métodos y técnicas para reemplazar las simples estructuras de madera de las construcciones anteriores: bóvedas de cañón corrido o por arista, cúpula sobre crucero y torres en la fachada flanqueando un pórtico de triple arquería. Con estos aportes surgió en estas regiones una arquitectura de nuevo estilo: el jesuítico.

En San Ignacio se utilizaron bóvedas combinadas con arcos de ladrillo; en las paredes laterales arcos sobre macizos pilares, resultando una estructura fuerte y duradera. La utilización de macizas y pesadas bóvedas y cúpulas con la complejidad de los esfuerzos resultantes hizo necesario que su materialización se realizara con mampuestos, que por falta de piedra fueron ladrillos, único material disponible, asentados con mortero de cal.

Las enormes cargas que generan las bóvedas necesitan sustentarse con muros pesados.

En la Manzana de las Luces para soportar las bóvedas de la iglesia y la procuraduría las secciones de aquellos muros se reforzaron puntualmente con la construcción de pilastras.


Construcción de la Procuraduría de Misiones.


Contribución indígena en la artesanía de madera


Los artesanos indígenas pronto aprendieron de los jesuitas el uso y las técnicas para el trabajo de la madera incorporando los modelos que habían llegado de Europa, a sus propias expresiones locales. Un hermano relata:

“...ocho carpinteros y cuatros torneros hacían ya también sus oficios, que yo por ellos fabriqué todo los marcos de las puertas y ventanas para mi iglesia y casa recién levantada; las puertas y los postigos eran de marcos con tablas encajadas y cinceladas...”.

El territorio de las misiones tenía un importante recurso forestal que proporcionaba gran variedad de maderas: desde los imponentes palos de urunday, hasta la hermosa madera de iuatiy y el noble cedro misionero usado en muchos trabajos de muebles, retablos, rosarios...

En un documento antiguo referido a las maderas se menciona:

“... tenía muy buen resultado con el cedro porque el es muy suave y blando para cortar y los hierros bien afilados no necesitan mucha fuerza para hacer un corte bien liso (...) la madera es muy liviana y el cepillo la labra con mucha limpieza...”.

A fines del siglo XVIII aún se encontraba el uso de técnicas de carpintería muy elementales, especialmente en las hojas de puerta. Los vínculos entre las diferentes piezas de madera se realizaban por superposición y clavado. Las vinculaciones con los herrajes se hacían también, generalmente clavadas.

El arte de la carpintería ha contado desde siempre con muchos artesanos: aserradores, torneros, silleteros, carreteros, toneleros, cedaceros, guitarreros, escultores y muchas otras variantes. Un destacado artesano ebanista Isidro de Lorea de origen navarro, importador de maderas, que trabajaba con una gran proporción de mano de obra esclava, se dedicó a la fabricación de puertas, ventanas, mesas, sillas y como especialidad, molduras y retablos. Entre los más destacados estaban el de la Catedral de Buenos Aires y el Retablo Mayor y el de la virgen Dolorosa ambos en la iglesia de San Ignacio. El estudioso historiador Héctor Schenone dice sobre los retablos de Lorea:

“...de formas más modernas y evolucionando a pesar de su provincialidad...con ornamentos de estilo rococo con sus curvas y contracurvas...”, “Las terminaciones superficiales son de esmaltes blancos y elementos decorativos dorados a la hoja”.

El hermano Schmidt originario de Baviera, Alemania, fue un experto ebanista que llegó al Río de la Plata en 1718 con otros arquitectos y artesanos jesuitas.

La fusión de la mano de obra de artesanos europeos con indígenas de las misiones lograron la incorporación de formas y modos de hacer cada vez, trabajos más refinados.

Desarrollo de la herrería regional


La base de los trabajos de herrería está constituida por el calentado, el forjado y el templado y las herramientas que se utilizan son: la fragua, el yunque, los martillos, las tenazas, los cinceles y las puntas.

Los materiales empleados en un principio para la construcción de rejas, fueron simples palos de madera empotrados en las paredes o en un cabezal, y una solera también de madera. Luego se construyeron rejas más complejas con maderas labradas por torneado o corte.

Ante la escasez de hierro las primeras rejas se hicieron de “...palo y más balaustres de urunday...”.

Es probable que la primera herrería haya sido la reja encargada por el Cabildo para la cárcel. Sin embargo en casi dos siglos no quedaron grandes obras de herrería aplicadas a la construcción formaron también sus propios artesanos, quienes contribuyeron al desarrollo de la herrería regional. El padre Florían Paucke cuenta:

“compré en Santa Fe las herramientas de una antigua cerrajería con yunque, martillos, limas y semejantes, con fuelle que yo fabrique con mis indios, comencé a forjar con tres muchachos que eran ya fuertes y llegué a tanto que ellos volvieron a templar y acerar todas las azadas”.

En la Manzana es donde encontramos los trabajos de mayor calidad para la época, costosas herrerías, según se detalla en los inventarios de 1767:

“...sobre la entrada de la iglesia el coro de doce varas de frente, con sus barandillas de hierro labrado y cinco de centro en igual línea, corriendo por encima de las naves laterales están las tribunas que tienen hoy diez barandillas o balcones de hierro labrado”.

A mediados del siglo XVIII para hacer una construcción aún había que realizar muchas labores: fabricar tejas y ladrillos, aserrar troncos para obtener tablas, organizar un sistema de transporte para acopiar los materiales a emplear, además debía tenerse en cuenta la alimentación, el vestido y alojamiento del personal, lo que acarreaba una enorme complejidad a las tareas. Para los que se realizaban en la Manzana de las Luces el tema de la vivienda de los obreros se había resuelto levantando unas modestas construcciones en la manzana de enfrente, delimitada por las actuales calles Perú, Moreno, Chacabuco y Alsina, conocida como “la ranchería”.

Arterias ocultas de la Manzana de las Luces


En aquel entonces excavar no solo era un trabajo muy complejo, sino que además requería una nueva tecnología. Lo más importante era conservar el rumbo para saber donde llegar. Los conocimientos de orientación estaban dentro de los oficios de los marinos y también de los ingenieros militares que lo hacían con la ayuda de la brújula.

Los túneles tuvieron un uso fundamentalmente defensivo, interconectando grandes construcciones como las iglesias, que permitían organizar una defensa integrada. La tosca del suelo tiene suficiente estabilidad como para no desmoronarse.

La herramientas utilizadas para excavar los túneles eran: las barretas de hierro, los picos, las azadas, los canastos o los capachos de cuero y las palas de madera.

La gran cantidad de tierra extraída se usaba para rellenar pozos en las calles o se llevaba en carros a la barranca.

Los túneles muestran un ejemplo más de la capacidad y del nivel técnico que la Compañía trajo a estas tierras.

En julio de 1767, el rey Carlos III de España, emitió una Real Cédula expulsando a la Compañía de Jesús de todos sus dominios territoriales, quienes habían ejercido en ellos su labor evangelizadora por más de doscientos años, confiscándole además, todos sus bienes.

Por aquel entonces los jesuitas, según Vicens Vives “contaban en América con 470.000 indígenas catequizados y bajo su dependencia, 143 casas religiosas y un cuerpo de 2.617 disciplinados misioneros”.

Casas virreinales de José Custodio de Sa y Faría


Con los bienes confiscados a los jesuitas, que administraba la Junta de Temporalidades, el virrey Vértiz en 1782, comisionó al ingeniero militar Sa y Faría, la construcción de cinco casas redituantes o de alquiler.

La organización de la mano de obra como toda la utilizada en la época se basaba en una gran cantidad de personal no calificado, para esta construcción que alcanzaba a setenta y dos entre peones y esclavos de valor. También trabajaban algunos presos que por los grilletes y cadenas veían limitada su labor. Como personal especializado lo hacían once oficiales y con la supervisión de un sobrestante.

Los ladrillos que se usaban eran de dos tipos: unos grandes, de media vara por un cuarto de ancho, como desde hacía años lo prescribía el Cabildo, y otros de menor tamaño.

Los pisos bajos se construyeron con bóvedas, técnica que ya para años había sido largamente aplicada en la Manzana.

En los pisos altos, se construyó techo de tipo azotea y para alivianar la carga se cubrieron con estructura de vigas de madera, alfajías clavadas y ladrillos.
Las aberturas eran con marco de arco escarzano y hojas vidriadas batientes con tablas y postigos. Los balcones de muy poco vuelo son únicos posibles con estructura de ladrillo saliente.

Las casas tenían la fachada revocada con cal y arena a la plana (con fratacho). Luego se la blanqueaba con cal que se fabricaba con conchillas. El zócalo se protegía con una faja de color negro o rojo pintada con almagre, material que en España se usaba por sus propiedades aislantes.

Los interiores eran de terminación sencilla con pisos de ladrillo o de madera. Los cielorrasos bajo los tirantes con cornisas molduradas.

Todas las maderas estaban pintadas al aceite. Éstas casas como era costumbre en la ciudad tenían pozo de agua y como sanitario, un “común” con una tapa de cedro y pozo negro. Las condiciones higiénicas sanitarias de la época eran muy precarias y de fácil contaminación.

Durante el transcurso de los siglos XVIII y XX en estas viviendas se instalaron muchos organismos oficiales, la primer Biblioteca Pública, el primer Banco de Buenos Aires, el primer Archivo General, la Universidad de Buenos Aires y la Escribanía General de Gobierno, entre otras muchas instituciones.

Sala de Representantes de Próspero Catelín


En 1820, por orden del gobernador Martín Rodríguez se encomendo al Ingeniero Arquitecto en Jefe de la provincia de Buenos Aires, el francés Catelín, los planos para la construcción de la Sala de Representantes de Buenos Aires, para la que se inspiró en la Cámara de los Pares de Francia, en París.

La edificación se levantó demoliendo parte de las casas virreinales para dar lugar al recinto.

La sala de forma semicircular tenía en la parte baja, tres hemiciclos de órdenes en alturas progresivas. En el último de ellos se levantaban dos plantas de palcos. Frente a todos ellos se encontraba la mesa del presidente y por detrás de la misma se accedía a la sala de la presidencia.

En 1836, la sala necesitó importantes tareas de mantenimiento lavando y pintando todas las pinturas del recinto; se remozaron también los lienzos y las tapicerías de las barandas de los palcos y la presidencia. Se pintaron de blanco las rejas y el rizo del centro de las mismas en punzó, color que los federales usaban entonces para remarcar su adhesión al Gobernador Juan Manuel de Rosas.

A partir de 1858, dos años después de la instalación de la fábrica de gas, para alumbrar la sala se instaló una importante araña que mejoró la iluminación y enriqueció el austero ornato del recinto.

En 1894, el antiguo local de la Legislatura de la provincia de Buenos Aires pasó a ser ocupado por el Concejo Deliberante de la ciudad de Buenos Aires y finalmente se instaló allí la Facultad de Arquitectura.

Mitre y la nueva fachada de la Universidad de Buenos Aires


En 1821, a instancias del presbítero Antonio Sáenz, fue creada la Universidad de Buenos Aires, la primera que hubo en la ciudad y que funcionó en la antigua Procuraduría de Misiones ubicada en la esquina de las calles Perú y Alsina.

En 1863, bajo la Presidencia del general Bartolomé Mitre, cuando se reorganiza la universidad, se refaccionan las instalaciones y se resuelve dar un nuevo carácter a la austera fachada sobre la calle Perú en la cual se reformulan los accesos y aberturas. La fachada que a modo de máscara cubre los viejos ladrillos, fue diseñada dentro de la arquitectura neorenacentista italiano, que estaba de moda en esos años.

La composición se realizó con cornisas y pilastras moldeadas en el lugar con el agregado de elementos decorativos, como los capiteles, balaustres, medallones; luego el conjunto se pintó. Sobre al acceso se construyeron dos frontis cuyas salientes se soportan con planchuelas de hierro que sostienen las piedras planas que permiten una buena saliente algo que era imposible con ladrillos.

En abril de 1937 la fachada de la esquina de Perú y Alsina fue mutilada para practicarle una ochava que permitiese la colocación del monumento del General Julio A. Roca.

El nuevo Colegio Nacional de Buenos Aires y Maillart


La Manzana de las Luces siguió siendo por tradición y lugar de oportunidades el receptor de nuevas propuestas arquitectónicas y tecnológicas. El antiguo Colegio que había sido renovado en parte a mediados del siglo XIX es insuficiente para las crecientes necesidades de la enseñanza.

Al arquitecto francés Norbert Auguste Maillart se le encargaron los planos para el nuevo Colegio Nacional de Buenos Aires. También realizó los proyectos del Palacio de Tribunales de la Nación y el Correo Central.

La obra del Colegio fue diseñada dentro de los lineamientos del neoclasicismo francés. Esta compuesto por un fuerte basamento de piedra almohadillado, luego una gran columnata que pauta el ritmo de la fachada con una muy fuerte expresión del cuerpo central sobre el eje de simetría que marca los accesos y áreas fundamentales como el Salón de actos. Sobre el cornisamiento en el cuerpo central hay una gran mansarda con sus lucarnas y óculos, con cubiertas de pizarra y complejos trabajos de zinguería en los encuadramientos y remates.

Con el avance de la tecnología las estructuras de hierro y acero reemplazan a las de madera con su limitación de luces, y a las pesadas y costosas bóvedas de ladrillo.

En Buenos Aires el ingeniero Pellegrini había usado una importante estructura de hierro construida en Inglaterra para cubrir la sala del primitivo Teatro Colón en 1856. Por esos años también se cubrió con una estructura metálica la estación del Parque.

El sistema de construcción con acero se compone de una planificación y cálculo cuidadoso, con preparación de las estructuras en taller con sus partes roblonadas preajustadas y luego el armado y terminación en obra. El trabajo resulta facilitado por el proceso de estandarización posibilitado por los perfiles normalizados aparecidos en la década de 1870, con su consiguiente economía de producción que aportaron.

Cuando a principios de siglo se construyó este colegio, la tecnología del hierro ya estaba difundida y aceptada en las construcciones.

En la construcción se usó un sistema estructural mixto: una carcaza de mampostería de ladrillos en el perímetro exterior y un sistema de vigas y columnas en el centro. Estas columnas la parte interna son de perfiles compuestos, roblonados en taller y vinculados con bulones, con vigas doble T sobre las que se colocó un tramado de perfiles también normalizados, cuyos entrepaños se rellenan con una bovedilla de ladrillos.

La mansarda, elemento netamente estético en la construcción es una gran caja hueca. La estructura esta conformada con perfiles metálicos formando un reticulado cuyos vínculos son platabandas remachadas y abulonadas. La rigidez se obtiene por medio de tensores cruzados vinculados por un anillo. La retícula esta formada por tablas de madera, sobre las cuales se clavan las pizarras.

A principio de siglo se difunde en el mundo la nueva tecnología del hormigón armado, que fue evolucionando desde las primeras macetas o botes de cemento, hasta que la experiencia y los estudios científicos permitieron un uso racional de la misma para cubrir otras necesidades.

En 1902 en la Manzana de las Luces se construyó, en el patio de la Universidad una cubierta con estructura de hormigón armado. En pocos años esta técnica se difundió y después de la primera guerra mundial terminó reemplazando a las estructuras de acero. En 1935, como un alarde de su desarrollo, en Buenos Aires se levantó la estructura de hormigón, en ese momento la más alta del mundo, para el edificio Kavanagh.

El Colegio Nacional Buenos Aires siguió ampliando sus instalaciones y en la década del veinte utilizó esa nueva tecnología, para el completamiento del edificio.

Adaptado de Carlos Moreno, “Manzana de las Luces. Cómo la construyeron.”

Glosario


ADOBE: Ladrillo de barro mezclado con paja y secado al aire.
ADOBÓN: Tramo de tapia que se hace de una sola vez.
ALFAJÍA:
Cada uno de las maderas que se apoyan en las vigas para formar el armazón de los techos.
ALMAGRE:
Óxido de hierro de color rojo, de textura arcillosa que se encuentra en estado natural.
BARRICA:
Tonel o barril.
BATIENTE:
Rebaje del marco donde se detiene la hoja de una puerta o ventana al cerrarse.
CAN:
Cabeza de una viga que apoya en el muro y sobresale a la parte exterior, para sostener la cornisa.
CÁÑAMO:
Nombre dado a diversas plantas textiles para la fabricación de trenzados, tejidos o cuerdas.
CAPACHO:
Canasto de cuero o estopa con dos cordeles por asas, para transportar argamasa o materiales.
CARCASA:
Contenedor. Estructura envolvente que encierra algo en su interior.
CINCEL:
Instrumento para labrar piedras y metales a golpe de martillo.
CLAUSTRO:
Galería perimetral que circunda los patios de una iglesia, convento o universidad.
COMPUERTA:
Media puerta que como antepecho resguarda la entrada de las casas.
CORNISAMENTO:
Conjunto de molduras que coronan un edificio.
CUMBRERA:
Angulo superior de una cubierta en pendiente.
DINTEL: P
arte superior del marco de una puerta o ventana.
DUELA:
Cualquiera de las tablas curvadas de toneles o barriles.
ENCOFRADO:
Estructura de tablas de madera usada para moldear un material de construcción, que es retirada una vez seco.
ENCUADRAMIENTO:
Perímetro del marco de una abertura.
ENTREPAÑO:
Parte de la pared comprendida entre dos pilares.
ESPUERTA:
Especie de canasto de esparto, palma o cuero con dos asas para transportar escombros, tierra, etc.
FRAGUA:
Hogar pequeño con campana de humos e inyección de aire por fuelle, en el que se forja el hierro u otro metal.
FRATACHO:
Herramienta formada por una tabla lisa, con mango, que se usa para alisar los revoques.
HORMIGÓN ARMADO:
Mezcla de agua, arena, canto rodado y cemento reforzado con armaduras metálicas, que forma, una vez fraguada, la estructura de una construcción.
JANGADA:
Balsa de troncos.
LUCARNA:
Claraboya.
MAMPOSTERÍA:
Obra hecha con mampuestos colocados y vinculados con mezcla de cal, arena y agua.
MAMPUESTO:
Ladrillo.
MASA MURARIA:
Carcasa formada por una obra de mampostería.
MECHINAL:
Cada uno de los agujeros dejados en las paredes del edificio para meter los maderos del andamio.
MORTERO:
Mezcla de cal, arena y agua. También se llama argamasa.
ÓCULO:
Abertura de forma circular.
PALMA:
Tronco de palmera usado como estructura.
PARAMENTO:
Cara de la pared.
PERFIL COMPUESTO:
Estructura compuesta por varios perfiles vinculados por platabandas para lograr una mayor capacidad estructural.
PERFIL NORMALIZADO:
Estructura de acero estandarizada.
PILAR:
Elemento arquitectónico vertical de soporte.
PISÓN:
Instrumento pesado y grueso de madera con forma cilíndrica o de cono truncado provisto de un mango, usado para apisonar la tierra, piedras, etc.
PLATABANDA:
Chapa metálica que vincula perfiles simples para conformar otro compuesto más resistente.
PORTANTE:
Que se autosustenta.
PUNTA:
Clavo pequeño. Extremo de cualquier madero.
POSTIGO:
Contraventana. Tablero sujeto con bisagras al marco de una puerta o ventana para cubrir la parte encristalada cuando convenga.
RETICULADO:
Estructura hecha con una matriz tipo.
ROBLÓN:
Perno de hierro con una cabeza en un extremo que pasado por los agujeros de las piezas metálicas a unir, se remacha hasta formar otra cabeza en el extremo opuesto.
SOGUILLA:
Tiento de cuero usado generalmente para hacer trenzadas o ataduras.
SOLERA:
Madero sobre el que descansan o otros.
TAGIBA:
En guaraní, lapacho.
TAPIA:
Pared construida con tierra amasada y apisonada en una horma.
TAPIAL:
Molde en que se hacen las tapias, formado por dos tablas que se afirman paralelas.
TENDAL:
Terreno donde se ponen a secar los adobes o tejas.
TENSOR:
Elemento que produce tensión o tiene virtud y está dispuesto para producirla.
TERRAPLÉN:
Macizo de tierra con que se rellena un hueco o que se levanta para hacer una defensa, etc.
TESTIMONIO:
Testigo.
TRAVESAÑO:
Pieza que atraviesa de una parte a otra.
VANO:
Hueco en un muro.
YUNQUE:
Prisma de hierro de sección cuadrada para trabajar los metales sobre él a martillo, uno de sus lados termina en punta.
ZARANDA:
Cedazo que tiene en el fondo una red de tamiz.
ZINGUERÍA:
Trabajos de chapa de zinc usados como terminaciones y ornatos en las cubiertas.
ZUNCHO:
Abrazadera sólida usada para asegurar o reforzar las cosas que requieren mucha resistencia.
 
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